miércoles, 21 de mayo de 2008

Decadentismo: El umbral al Simbolismo



El Decadentismo es una corriente artística, filosófica y, principalmente, literaria que tuvo su origen en Francia en las dos últimas décadas del siglo XIX y se desarrolló por casi toda Europa y algunos países de América. La denominación de decadentismo surgió como un término despectivo e irónico empleado por la crítica académica, sin embargo, la definición fue adoptada por aquellos a quienes iba destinada.
Literariamente el decadentismo tuvo su inspiración en las doctrinas poéticas posrománticas, denominándose decadentes a todos aquellos escritores ligados a la herencia espiritual o formal de Baudelaire, considerado el padre espiritual del decadentismo. Baudelaire descubrió la correspondencia entre perfumes, sonidos y colores y la tenebrosa y profunda unidad de la naturaleza.
También influyó en el decadentismo Rimbaud, para quien el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos. Se trata de registrar lo inefable y para ello es preciso una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, al mismo tiempo, esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida.
Para algunos, la alucinación de los sentidos a la que hacía alusión Rimbaud no excluía el recurso de lo que Baudelaire había definido como paraísos artificiales, es decir, las alucinaciones producidas por los estupefacientes.
Sin embargo, una de las mejores expresiones de este movimiento la refleja el verso de Verlaine: yo soy el imperio al fin de la decadencia. Precisamente Verlaine estuvo durante algún tiempo a la cabeza del movimiento, especialmente después de la publicación de Los poetas malditos (1884).
El decadentismo fue la antítesis del movimiento poético de los parnasianos y de su doctrina (inspirada en el ideal clásico del arte por el arte), a pesar de que Verlaine, uno de sus máximos exponentes del decadentismo, había sido en sus orígenes parnasiano. La fórmula pictórica y escultórica de los parnasianos (ut pictura poesis, según la norma de Horacio), se sustituye en el decadentismo por el ideal de la poesía, que tiende a la cualidad de la música
El decadentismo arremete contra la moral y las costumbres burguesas, pretende la evasión de la realidad cotidiana, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente.





Charles Baudelaire y Las Flores del mal

Nació en París el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph François Baudelaire, ex-seminarista, antiguo preceptor, fue también profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe del Despacho de la Cámara de los Pares. Joseph le enseñó las primeras letras. Cuando nació Charles, su padre tenía la edad de sesenta años, y un hijo, Claude Alphonse, fruto de su primer matrimonio. Su madre fue Caroline Archimbaut-Dufays, quien no llegaba a los treinta años al nacer Baudelaire. Era hija de emigrantes franceses a Londres durante la revolución de 1793. Enseñó Inglés a su hijo.
Fue criado por la sirvienta de la familia. Se conoce muy poco sobre ella, Mariette, pero se intuye que debió de tener gran peso en la familia. Baudelaire la recuerda en un poema aparecido en Las flores del mal.
Joseph François Baudelaire falleció en 1827, cuando Charles tenía seis años. Dejó una pequeña herencia. Su madre cambió de residencia y, a los veinte meses, Caroline se casó por conveniencia con Jacques Aupick, un vecino suyo de cuarenta años que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de París. Es probable que fuesen amantes antes de contraer matrimonio. Baudelaire con ello recibió un gran impacto emocional, viviéndolo como un abandono. Nunca llegó a tener buenas relaciones con Aupick.
Tras las jornadas revolucionarias de 1830, Aupick es ascendido a teniente coronel por su participación en la campaña de Argelia. Dos años más tarde es nombrado jefe del Estado Mayor y se traslada con su familia a Lyon; allí permanecerán cuatro años, estudiando Baudelaire en el Collège Royal de Lyon, de cuyo ambiente no guardará buenos recuerdos. El futuro poeta se aburre y escapa de su encierro.
Su madre, impregnándose de la personalidad de Aupick, se va volviendo cada vez más rígida y puritana. En 1836 su marido asciende a general del Estado Mayor. Vuelven a París, donde Baudelaire es internado en el Collège Louis-le-Grand; allí permanecerá durante dos años y medio. En esa época lee a Sainte-Beuve, a Chenier y Musset, a quien más tarde criticará. Consigue el título de Bachiller superior pero, por una falta aún desconocida, es expulsado.


En 1840 Baudelaire se matricula en la Facultad de Derecho. Comienza a frecuentar a la juventud literaria del Barrio Latino y conoce a nuevas amistades, como Gustave Levavasseur y Ernest Prarond. También entabla amistad con Gérard de Nerval, con Sainte-Beuve, Théodore de Banville y Balzac. Intima igualmente con Louis Ménard, que se dedica a la taxidermia y vivisección de animales.
Comienza a llevar una vida despreocupada; los altercados con la familia son constantes debido a su adicción a las drogas y al ambiente bohemio. Frecuenta prostíbulos y mantiene relaciones con Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino. Charles la denomina La Louchette (la bizca). Además de torcer la vista, era calva. Probablemente fue ella quien le contagió la sífilis. Dentro de su obra capital, Las flores del mal, Baudelaire se refiere a Sarah en un poema, probablemente escrito en el momento en que dejó de verla asiduamente, reanudando sus relaciones con su otra amante, Jeanne Duval.
La conducta de Baudelaire, que rechaza entrar en la carrera diplomática, horroriza a su familia. Su padrastro, descontento con la vida libertina que lleva, trata de distanciarle de los ambientes bohemios de París. En marzo de 1841 un consejo de familia lo envía a Burdeos para que embarque con destino a los Mares del Sur, a bordo de un paquebote. La travesía, que duró dieciocho meses, le llevó hasta Calcuta, en compañía de comerciantes y oficiales del Ejército.
De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital, volviendo a sus antiguas costumbres desordenadas.
Empezó a frecuentar los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París por sus relaciones con la joven Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus más brillantes y controvertidas poesías. Destacó pronto como crítico de arte: El Salón de 1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix (pintor, entonces todavía muy discutido) e impuso la concepción moderna de la estética de su autor.
Buena muestra de su trabajo como crítico son sus Curiosidades estéticas, recopilación póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico (1868), obra que reunió todos sus trabajos de crítica literaria. Fue asimismo pionero en el campo de la crítica musical, donde destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra de Richard Wagner, que consideraba como la síntesis de un arte nuevo.
En literatura, los autores Hoffmann y Edgar Allan Poe, del que realizó numerosas traducciones (todavía canónicas en francés), alcanzaban, también según el criterio de Baudelaire, esta síntesis vanguardista; la misma que persiguió él asimismo en La Fanfarlo (1847), su única novela, y en sus distintos esbozos de obras teatrales.



Las Flores del Mal

El libro hubiera debido llamarse en principio Los limbos o tal vez Las lesbianas, pues la intención primitiva era la de escribir un libro sobre los pecados capitales; aunque Baudelaire renunció a ello siguiendo los consejos de un amigo. Este libro abarca la práctica totalidad de su obra poética entre 1840 y la fecha de publicación. La primera edición constó de 1.300 ejemplares y se llevó a cabo el 23 de junio de 1857. La segunda edición de 1861 elimina los poemas censurados, pero añade 30 nuevos poemas. La edición definitiva será póstuma, en 1868, y recuperará los poemas prohibidos, así como los que se publicaron en el libro Ascuas ("Épaves"), que se había publicado en Bruselas en 1866. En su versión definitiva consta de 151 poemas.
A mi queridísimo y veneradísmo maestro y amigo Théophile Gautier. Aunque te ruego que apadrines Las Flores del Mal, no creas que ande tan descarriado ni que sea tan indigno del título de poeta como para creer que estas flores enfermizas merecen tu noble patrocinio. Ya sé que en las etéreas regiones de la verdadera poesía no existe el mal y tampoco el bien, como sé que no es imposible que este mísero diccionario de la melancolía y del crimen justifique las reacciones de la moral, del mismo modo que el blasfemo viene a reafirmar la religión. Pero en la medida de mis posibilidades, y a falta de algo mejor, he querido rendir un profundo homenaje al autor de Albertus, La Comediade la Muerte y de España, al poeta impecable, al mago de la lengua francesa, de quien me declaró con tanto orgullo como humildad, el más devoto, el más respetuoso y el más envidiado de los discípulos". A lo largo de toda la obra, Baudelaire juega sobre las correspondencias verticales y horizontales que más adelante inspirarán a otros muchos poetas, toda su obra se construye como un itinerario moral, espiritual y físico. Baudelaire divide el libro en cinco partes, introducidas por el famoso poema Al lector: Esplín e ideal, Cuadros parisinos, El vino, Flores del mal y Rebelión, con una conclusión final: La Muerte. Esta obsesión de que no consideraran su libro como una mera recopilación de poemas, si no como un «libro» con principio y fin, en el que todos los poemas se subordinaba general rigurosa, influirá desde poetas como Stéphane Mallarmé hasta Jorge Guillén, en su obra Aire Nuestro, y dará lugar a una serie de investigaciones sobre la posible asociación numerológica o astrológica y hasta con paralelismo con la Divina Comedia.
Para leer Las Flores del Mal en castellano visite:
http://es.wikisource.org/wiki/Las_flores_del_mal




Los Poetas Malditos: Verlaine-Rimbaud


Paul Marie Verlaine, comúnmente llamado Paul Verlaine. Poeta francés nacido en Metz, Francia el 30 de marzo de 1844 y muerto en París el 8 de enero de 1896. De familia perteneciente a la pequeña burguesía: su padre, como el de Rimbaud, era capitán de la armada. Hizo sus estudios en París, y llegó a trabajar en el ayuntamiento. Frecuentó los cafés y salones literarios parisinos, y en 1866 colaboró en el primer Parnaso contemporáneo publicando los Poemas saturnianos, influenciados por Baudelaire, aunque ya anunciaban el «esfuerzo hacia la Expresión, hacia la Sensación devuelta» (Carta a Mallarmé del 22 noviembre de 1866), propósito que desarrollaría en sus mejores obras. En el año 1869, las Fiestas galantes, fantasías evocadoras del siglo XVIII de Watteau, confirmaban esta orientación. En 1870, se casó con Mathilde Mauté, a quien le escribio La Buena Canción.
Al año siguiente, la joven pareja está viviendo con los padres de Mathilde, cuando Arthur Rimbaud aparece en su vida y la cambia completamente. Verlaine deja a su mujer y se va con el joven poeta a Londres y a Bélgica. Durante estos viajes, escribe una gran parte de la colección Romanzas sin palabras. En 1873, en una riña en plena calle, en Bruselas, hiere de un tiro a Rimbaud y es condenado a dos años de prisión, que cumple en Bruselas y en Mons. Durante su estancia en la prisión elabora la base de un libro que no verá nunca la luz (Carcelariamente); su esposa obtiene la separación, tras un proceso iniciado en 1871. En prisión se convirtió al catolicismo, en la madrugada, escribió, de una «mística noche». De esta conversión data probablemente el abandono de Carcelariamente y la idea de recopilar Sabiduría, que formará parte, con Antaño y hogaño (1884) y Paralelamente (1888), de una gran antología.
Al salir de prisión, vuelve nuevamente a Inglaterra y después a Rethel, donde ejerce como profesor. En 1883, publica en la revista Lutèce la primera serie de los «poetas malditos» (Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud), que contribuye a darlo a conocer. Junto con Mallarmé, es tratado como maestro y precursor por los poetas simbolistas y decadentistas. En 1884, publica Antaño y hogaño, que marca su vuelta a la vanguardia literaria, aunque el libro estuviera compuesto fundamentalmente por poemas anteriores a 1874.
A partir de 1887, a medida que su fama crece, cae en la más negra de las miserias. Sus producciones literarias de esos años son puramente alimentarias. En esta época pasa el tiempo entre el café y el hospital. En sus últimos años fue elegido «Príncipe de los Poetas» (en 1894) y se le otorga una pensión. Prematuramente envejecido, muere en 1896 en París, a los 52 años.

Jean Nicolas Arthur Rimbaud (Charleville, 20 de octubre de 1854Marsella, 10 de noviembre de 1891)Nació en el seno de la clase media rural de Charleville, Mézières, en el Departamento de las Ardenas, en el noreste de Francia, en la calle conocida hoy como Bérégovoy. Su padre, Frédéric Rimbaud, era capitán del ejército en la guarnición de Mézières y participó en la campaña de Argelia, donde obtuvo la Legión de Honor. Se casó con Vitalie Cuif, una joven natural de Chuffilly-Roche, aldea cercana a Attigny, y se instalaron en Charleville. Tuvo con ella cinco hijos, Frédéric, Arthur, Victorine, Vitalie e Isabelle, antes de abandonar a su familia cuando Arthur tenía siete años. En la familia de Rimbaud, la madre es recordada como una figura autoritaria, rígida educadora y con gran afán de respetabilidad: prohibió a sus hijos jugar en la calle con los hijos de los obreros, y el domingo iban todos en fila a la iglesia mientras la madre cerraba la marcha. Rimbaud detestaba la tiranía materna y se fugaba frecuentemente, pero siempre volvía al redil en Charleville, donde, todavía un jovenzuelo, se aburría mortalmente.
Estudiante inquieto y burlón, era sin embargo superdotado y brillante: a los quince años ya había ganado todo tipo de premios de redacción y compuesto originales versos y diálogos en latín. Tras un concurso de composición latina sobre el tema de Yugurta, el profesor Desdouets dirá de él: «Nada banal germina dentro de esta cabeza: será un genio del Mal o un genio del Bien». En 1870 conoció a un nuevo joven maestro de retórica, Georges Izambard, que se convirtió en su primer mentor literario; los originales versos en francés del poeta alcanzaron rápidamente una calidad máxima, dentro de una estética parnasiana. En una de sus frecuentes huidas, es posible que participase brevemente en la Comuna de París, en 1871, lo cual habría retratado en su poema L´Orgie parisienne ou Paris se repeuple (La orgía parisina o París se repuebla). Probablemente fue víctima de un ataque sexual por parte de soldados comuneros borrachos. Su poema Le Coeur supplicié (El corazón torturado) así lo insinúa. Para entonces, su conducta se había vuelto caótica e irreverente; había comenzado a beber y se divertía conmocionando a los burgueses locales con sus vestimentas andrajosas, sus pintadas de «Muera Dios» en las iglesias y su cabello largo.
En una carta de 24 de mayo de 1870 enviada al representante de Le Parnasse Contemporain, Théodore de Banville, Arthur, que sólo contaba entonces 15 años, afirma querer ser «parnasiano o nada». En su carta adjuntaba varios poemas, (Ophélie, Sensation, Soleil et chair), a fin de obtener su apoyo o el del editor Alphonse Lemerre. Al mismo tiempo escribía a Izambard y Paul Démenty sobre su método para lograr la trascendencia poética, o el poder visionario, a través de «una larga, inmensa y racional locura de todos los sentidos» (Les Lettres du Voyant, Las cartas del vidente).

Relación con Paul Verlaine
Ante la invitación del eminente parnasiano Paul Verlaine (profundamente impresionado por la lectura de la obra maestra de Rimbaud: Le bateau ivre (El barco ebrio), volvió a París, a fines de septiembre de 1871, mudándose por poco tiempo a la casa de Verlaine. Este poeta, que era bisexual, rápidamente se enamoró de ese sombrío y grandullón adolescente de cabello castaño; e inmediatamente se hicieron amantes, llevando en adelante una vida disoluta de vagabundos, embriagados de ajenjo y hachís. Así escandalizaron a la elite literaria parisina, indignada en particular por el comportamiento de Rimbaud, auténtico arquetipo del enfant terrible. A lo largo de este período continuó escribiendo sus contundentes y visionarios versos modernos. La tempestuosa relación homosexual entre Rimbaud y Verlaine los condujo a Londres en 1872, abandonando el último de ellos a su esposa e hijo pequeño (a quienes solía maltratar en extremo durante las iras causadas por el alcohol).
En julio de 1873, después de una pelea particularmente violenta en la estación de trenes de Bruselas, Verlaine le disparó en la muñeca a Rimbaud. Temiendo por su vida, Rimbaud llamó a la policía. Verlaine fue arrestado y sometido a un humillante examen médico legal, luego de que se considerara la comprometedora correspondencia y las acusaciones de la esposa de Verlaine respecto de la naturaleza de la amistad entre los dos hombres. El juez fue inmisericorde y, a pesar de que Rimbaud retirase la denuncia, Verlaine fue condenado a dos años de prisión.
Rimbaud regresó a Charleville y completó su Une Saison en Enfer (Una temporada en el infierno), en prosa, ampliamente recononocida como una de las obras pioneras del simbolismo moderno, y como una descripción de aquel drôle de ménage («pareja infernal»), cual fue la vida con Verlaine, su pitoyable frère («pesaroso hermano»), la vierge folle («la virgen demente») de quien él era l´époux infernale («el esposo infernal»). En 1874 regresó a Londres, en compañía del poeta Germaine Nouveau, y terminó de escribir sus controvertidas Illuminations, que incluyen los primeros dos poemas franceses en verso libre.

martes, 20 de mayo de 2008

Simbolismo



Aunque un mayor o menor s. es utilizado siempre por los poetas y escritores de todas las épocas y países, en la Historia de la Literatura se conoce como simbolismo a un movimiento literario surgido en Francia hacia 1886. Se trata de una reacción contra el naturalismo (v.), de cariz esencialmente poético, aunque no se circunscribe exclusivamente a este género literario, ni sólo a la literatura, pues también llega a otras artes (v. III). Puede considerarse que el s. arranca de Baudelaire (v.), por más que él no perteneció a este movimiento; para este poeta, colocado en pleno naturalismo, la poesía no ha de buscar, como para los parnasianos, la expresión de la Naturaleza sensible, sino lo que ésta significa, lo que está detrás de ella, y luego ejercer esa mística del lenguaje, el cual no sólo representará las cosas por su significado, sino también por su significante.

De aquí, pues, va a surgir el movimiento que declarará la bancarrota del naturalismo, cuando un grupo de jóvenes naturalistas sienten la necesidad de liberarse de las cadenas de su escuela, que eludía toda expresión íntima, para desbordarse en la expresión de lo puramente personal, individual; y así, en 1886 se publica el ruidoso manifiesto de Moréas en «Le Figaro», que constituiría golpe de gracia a la escuela parnasiana.

1. Origen y relaciones. La explicación material de las cosas había sido un completo fracaso. El positivismo (v.) creía poder explicar el mundo suprimiendo el misterio, pero éste y el enigma y la inquietud surgían por todas partes. Por eso el movimiento que nos ocupa, como en cierta medida ocurriría también en el romanticismo (v.), tendrá un signo espiritualista, inmaterial. La Naturaleza no será el objeto de la poesía, sino la vía para llegar a otro mundo que se encuentra detrás de ella, del que no es más que un símbolo (de ahí el nombre): «Los cuadros de la Naturaleza -dice Moréas en el manifiesto-, los actos de los seres humanos y todos los fenómenos concretos... no son más que simples apariencias sensibles destinadas a representar sus afinidades esotéricas con ideas primordiales». Las reminiscencias platónicas y del s. filosófico (v. 1, 5) son evidentes. En 1877 se traduce la Filosofía del Inconsciente de Hartmann (v.), que explica el mundo por la existencia de un espíritu inconsciente, todo poder, motor primero, sobre el que no se puede obrar. Al mismo tiempo la doctrina de Schopenhauer (v.), que se había comenzado a infiltrar en Francia después de los primeros años del parnasianismo (v.), recibe el favor de los intelectuales. El pesimismo de Schopenhauer es, en definitiva, su desesperanza ante las constataciones de la ciencia. La nueva generación piensa con este autor que el mundo no es más que una representación, una imagen móvil, un símbolo velado y evanescente de las leyes eternas. Ahora bien, ese «símbolo» puede representar o bien la misma intimidad del poeta (las cosas las aprehendemos, las hacemos nuestras, y éstas no son más que una sensación individual, por lo que su expresión será nuestra propia individualidad), o por el contrario la noción pura de las cosas. Así, pues, esta concepción significaba una traducción artística diferente de los objetos: no se avenía con la sintaxis y prosodia tradicionales. Había que desnudar la frase de su contenido significativo lógico. La palabra sería más bien un instrumento para sugerir esa intimidad del poeta o de las cosas. La frase tomaría la más neta individualidad. Para representar, p. ej., un abanico, habría que sugerirlo mediante una expresión que evoque su abertura, su movimiento de vaivén, sus pliegues. No se tratará, por tanto, de una poesía destinada al entendimiento, sino a la imaginación, a la sensibilidad del oyente: éste no procurará entenderla, sino dejarse, abandonarse a las sugerencias que ésta le proporcionará. Como es lógico, si esta poesía busca lo ideal, lo que está por detrás de las cosas, no le interesará, en absoluto, la imagen plástica (que es algo real), por lo que la poesía no se acercará como en la escuela anterior a las artes visuales, sino a las auditivas (la música): Wagner (v.) será el gran precursor en este gusto por lo musical. Ahora bien, esta musicalidad no se busca dentro de las formas duras, prefijadas y marmóreas de la poesía parnasiana, que condicionarían y mediatizarían la expresión íntima del poeta, sino que la misma emoción de éste producirá esa musicalidad. Así, pues, el s. supondrá la abolición de las reglas, pero al mismo tiempo ha de conseguir musicalidad, lo que constituye, sin duda, una de las contradicciones de este nuevo gusto.

2. Contradicciones y aspectos positivos. En el s. literario de finales del s. XIX se dan algunas contradicciones básicas, que serán precisamente las que darán el golpe moral a este movimiento, que no dura más de cinco años. En primer lugar, el poeta trata de expresar su propia intimidad, pero esa intimidad no queda al descubierto (el artista no se enseña); en cuanto a la expresión se busca la forma más individual, pero más incomprensible cuanto más individual (en este sentido su poesía sería expresión sólo captable por el propio autor); y, por último, se busca una musicalidad que no se atiene a ninguna regla rítmica, y por otra parte, la dislocación sintáctica y el desprecio por la prosodia tradicional suponía ya en sí la negación del elemento más genuinamente musical de la lengua. Así, pues, este movimiento, dentro del campo poético, supone una cierta decadencia. Precisamente, entre los poetas de esta tendencia sobresalen quienes no fueron del todo fieles a estas reglas: los que trataron de llevar su poesía hasta las más extremas consecuencias no tuvieron más remedio que abjurar de estos preceptos (más difíciles de seguir que aquellos de los que trataban de liberarse). Hay, pues, una contradicción fundamental: exigencias de libertad frente a todas las reglas (verso libre); libertad que se contradice con las propias exigencias de su poesía. Mas no por ello se ha de negar todo valor positivo a este movimiento poético. En primer lugar tiene un valor que llamaríamos de fin, esto es, la reacción contra la explicación «racional» de la Naturaleza, lo que suponía en el parnasianismo la negación de lo más espiritual y poético. Y al mismo tiempo supuso el enriquecimiento del arte al aportar una concepción nueva del mundo v del hombre frente a las limitaciones del positivismo y del naturalismo. Significativo, por otra parte, fue el hecho de que el autor del manifiesto fue al mismo tiempo el primer desertor al fundar en 1891 la escuela romana, que supondría la vuelta hacia la poesía tradicional.

3. Poetas representativos principales. Verlaine (v.) y Mallarmé (v.) son los más grandes poetas de este momento literario, y grandes precisamente por no representar más que los comienzos; ya que, aunque ideológicamente son simbolistas, no llevan el s. a las últimas consecuencias. Verlaine, educado en la escuela parnasiana, se limitó a traducir lo más exactamente posible los estados más sutiles de su sensibilidad, espontánea y complicada a la vez, mística y carnal, y en este campo de la espontaneidad, del que queda excluido todo elemento intelectual, se mostró a menudo gran poeta. El s. para Verlaine consiste en ver en la Naturaleza el «símbolo» de su intimidad. Y aquí se cifra su diferencia con el teorizador del movimiento, Mallarmé, para el que el mundo exterior no es más que un velo que tenemos que romper para llegar a la noción pura de las cosas. Mallarmé busca una belleza ideal, «los esplendores situados detrás de la tumba», de los que tenemos el instinto y el deseo nostálgico. Desde el punto de vista formal Mallarmé lleva a la última consecuencia el lenguaje poético: ya no es el refuerzo del significado por medio del significante (v. SIGNO Y SIGNIFICACIÓN) lo que debe procurar la poesía, como propalaba Baudelaire, sino que la arquitectura del poema deberá fundamentarse en el mismo significante; éste habrá de ser la evocación del mundo, sugerir a éste. Y en cuanto a los procedimientos musicales, tanto Verlaine como Mallarmé no desecharon totalmente el elemento prosódico: Verlaine se había limitado a deplorar los «entuertos de la rima», y Mallarmé consideraba el alejandrino como el elemento más adecuado para conseguir la musicalidad. Otros poetas de esta escuela fueron Hegnier, Moréas, Verhaeren (v.).

4. Reacción simbolista en el teatro y otros géneros. Pero como hemos dicho, el movimiento simbolista, aunque es de cariz poético, también comprende la reacción que contra el naturalismo se ejerció en otros géneros. Sin embargo, fuera del teatro, donde con cierta propiedad se puede hablar de una reacción simbolista, en los demás géneros más bien esa reacción se centra en la vuelta hacia lo psicológico o espiritualista. Dentro del teatro, las obras de Maeterlinck (v.) -El tesoro de los humildes, La prudencia y el destino, La muerte- son una buena prueba de ese carácter simbolista con su preocupación por el más allá; se trata de tragedias en que los personajes -figuras aéreas, vaporosasse mueven dentro de un mundo inmaterial, que no está exento de una gracia conmovedora y exquisita a veces. Es un teatro, en fin, más lírico que dramático, donde la acción y los caracteres se hallan combinados por la sensibilidad, el estremecimiento y el terror. Merece también destacarse, como escritor dramático de este momento, Claudel (v.), que aprovecha el estilo simbolista para expresar sus inquietudes religiosas de católico, como en La Anunciación a María; su teatro es profundamente poético, y la poesía simbolista también le debe a él alguna de sus grandes obras (Cinco grandes odas).